Partí en esta empresa porque me parecía un entretenido lugar para hacer mi práctica. El equipo de trabajo estaba compuesto de muchas personas jóvenes y de personalidad extrovertida. Las mujeres eran un poco celosas al principio, pero apenas vieron que yo era bajo perfil me aceptaron sin problemas. Los hombres, en cambio, se notaba que recibían muy bien al sexo opuesto y eran bastante piroperos y divertidos a la vez.
Los jefes me parecieron imponentes y sentí que en esa empresa se hacían las cosas bien. Poco a poco noté la cercanía entre gerentes y empleados, parecían ser todos grandes amigos y se generaba un ambiente único.
Los primeros días me mostré callada, pero segura, tratando de entender las personalidades de todos. Ya pasado el tiempo, le aseguraba a mi pareja que esta era una increíble empresa, que me veía casi de gerenta más adelante y con posibilidades de realizarme en diferentes áreas. Asimismo, le contaba del ambiente único del lugar.
Él, como siempre, me bajó las revoluciones y me advirtió que, sobre todo en el trabajo, había que mantener una cierta distancia, al menos hasta entender la real dinámica de la empresa.
Y él qué sabe, me dije, siempre tan desconfiado (aunque contaba con mayor experiencia laboral), seguro si estuviera donde yo estoy hablaría distinto.
Pasó el tiempo y comencé a escuchar los primeros rumores… todos contra una de las jefas: que era de temer, que había que tener cuidado porque era muy traicionera y mentirosa y no olvidar sus celos (los que debo reconocer si se le notaban demasiado).
En una primera etapa, intenté mantenerme al margen y ni me pude dar cuenta cuando yo era la primera en hablar mal de ella.
Por supuesto, la segunda fase de pelambre fueron los dueños de todo: que nunca le habían trabajado un peso a nadie, que eran unos playboy, que hacían las cosas mal y que explotaban a todos.
En contraposición, una de las mujeres, por no decir la única, de la directiva de la empresa se comenzaba a perfilar como la gran maestra, la sensible, la madre y compañera… y yo comencé a sentirla así. Pero no pasaron más de tres semanas cuando nos contaba que se iba de la empresa por un despido injustificado (que luego de un tiempo entendí no había sido tan así).
Por supuesto su salida, bastante escandalosa, sembró en todo el personal la desconfianza y odio por los jefes.
La primera jefa, que mencioné fue con la que me inicié en el pelambre laboral, asumió el cargo de esta supuesta maestra a quien despedían de la manera más injusta e indigna.
Imaginarán el aumento de los rumores, las caras largas y la semillita del odio que los colegas más cobardes imponían en los pajaritos nuevos como yo.
Pasó el tiempo y todas las mujeres decidimos juntarnos con esta ex jefa, para apoyarla y no perder el contacto. Ella, cuan víctima, comenzaba su cruzada en contra de toda la directiva de la empresa, pero, sin duda, su foco iba más en torno a la “mala jefa” que quedaba en su lugar.
Después de que ahora hablar era sinónimo de pelar a quien se mostrara “diferente” y de asumir cada comentario como propio, mi calidad de vida en el trabajo disminuía considerablemente.
Entonces no me quedó más que renunciar porque, me salté esta parte, pero la gran maestra laboral nos había ofrecido ayuda para partir nuestra propia empresa, independizarnos, a mí y otros pajaritos nuevos, siempre bajo su alero.
Mi salida fue bastante confrontacional, estaba dispuesta a poner a la jefa mala en su lugar, por todos esos años que colegas cobardes y cínicos me aseguraban los había esclavizado.
En resumen, y para no alargarme más, la cosa de independizarnos no era exactamente como nos lo había planteado aquella guía laboral y la otra jefa no era tan mala como la pintaban, al menos no lo fue conmigo (sin duda tenía varios problemas sociales, pero eran completamente soportables).
Aquellos colegas que izaban la bandera conmigo y mi cruzada por decir las cosas como son o como ellos me aseguraban que eran, al mínimo indicio de problema se convertían en los mejores amigos de todos.
Como bien me dijo mi pareja, en la vida nadie es tan bueno, ni malo. Si pareciera que así es, desconfía. Además, el hacerme tan supuestamente cercana a todos se convirtió en un problema, ya que yo ya no sabía cómo evitar caer en los pelambres y en la actitud cínica y doble estándar.
Si me volviera a pasar, simplemente, me daría media vuelta, sonreiría y seguiría trabajando. De invitarme a todos los carretes laborales, solo iría a los formales o simplemente hasta tomarme un trago y retirarme temprano a la vida normal.
Y de sentir que encuentro a un maestro laboral de quien aprenderlo todo, me limitaría a ver su actitud con todos y con todo, en vez de solo escuchar sus palabras. Desconfiaría de las apariencias hasta constatar que son reales, evitando admirar a quienes dicen en voz alta sus mayores virtudes y enjuician a otros sin medir consecuencias. De renunciar, lo haría lo menos bulladamente posible. Y, por supuesto, nunca más me vería envuelta en el pelambre laboral (espero).